Mucho antes de la moral, digamos hace miles de años, los dioses instauraron la muerte. Lo hicieron con el único fin de diferenciarse de los hombres. Y sobrevivir al ateísmo. La condición de la muerte seria su irreversibilidad. Fue un razonamiento sencillo, elemental. El mundo fue dividido en dos. Los vivos quedaron separados de sus muertos desde entonces. Y el pacto se sello con una llave, que no debía usarse. Un dios egipcio, atormentado de amor, ideo la estrategia para esconder esta llave. Pero aunque los dioses son eternos, ninguna llave es infalible. Y menos aquí. Y ahora. Ahora que todo el mundo es ateo, y que los dioses ya no se manifiestan, la fe es reemplazada por su sucédano mas cercano; el terror. El horror al reencuentro entre vivos y muertos es enorme; no hay palabras para entender la muerte, ni sus cosas. Es el mismo miedo de Orfeo: el miedo de poder recuperar, súbitamente, todo lo que se amo y estaba perdido. Los muertos tiene terror, terror de ese momento aciago de lucidez en el que entienden que están muertos, y que eso es para siempre. Y los vivos simplemente temen a todo. A todo. Si prioridades ni certezas.
domingo 19 de julio de 2009
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